Historia de Sia
1. EL CONTINENTE FRACTURADO: ORÍGENES Y PRIMERAS POTENCIAS
1.1. Introducción: un continente sin nombre
A principios del siglo XVIII, cualquier cartógrafo que hubiera intentado trazar un mapa fidedigno de las tierras del Este habría fracasado antes de empezar. No por falta de pericia, sino porque el propio concepto de frontera era un lujo efímero, una línea trazada en la arena a merced de la siguiente marea de acero y ambición. El continente, que las generaciones futuras conocerían bajo un único nombre, no era entonces más que un mosaico fracturado de reinos, ducados y repúblicas en un estado de conflicto casi perpetuo.
Era un gran tablero de ajedrez geopolítico donde las alianzas se forjaban en banquetes suntuosos y se rompían en campos de batalla embarrados, a menudo en el lapso de una sola estación. Cada potencia, grande o pequeña, jugaba un papel en esta peligrosa y agotadora danza de poder, una coreografía mortal dictada por la geografía, la tradición y, sobre todo, por la naturaleza de sus gentes.
1.1.1. La guerra perpetua y el agotamiento de los recursos
La historia de esta era no se encuentra en los tratados de paz, pues fueron escasos y frágiles, sino en las crónicas de guerra, en los registros de impuestos extraordinarios para financiar levas y en las canciones populares que lamentaban la pérdida de hijos y cosechas. Cada generación nacía bajo la sombra de la anterior, heredando no solo tierras y títulos, sino también odios ancestrales y deudas de sangre que envenenaban el presente y hipotecaban el futuro.
Los campos, ricos y fértiles, a menudo quedaban sin cultivar por el temor a las incursiones enemigas. Las ciudades, incluso las más prósperas, vivían bajo la amenaza constante del saqueo. Y el mar, la gran arteria que debería haber sido fuente de riqueza y conexión, estaba infestado de piratas, corsarios que con frecuencia operaban con la bendición secreta de los propios estados que públicamente los condenaban.
Fue en este contexto de agotamiento mutuo, cuando la perspectiva de un colapso total era más una certeza que un temor lejano, que las semillas de un cambio radical comenzaron a germinar. Antes de que la idea de un imperio unificado pudiera siquiera concebirse, es imperativo comprender las piezas que conformaban este tablero roto, las cinco grandes potencias cuya rivalidad y esencia definirían el curso de los siglos venideros.
1.2. La Corona de Urkesh: el corazón de piedra
En el vasto norte del continente, extendiéndose desde las gélidas costas del Mar Interior hasta las imponentes cordilleras que actuaban como una espina dorsal de piedra, se alzaba la Corona de Urkesh. Era una tierra austera, forjada por inviernos largos y brutales y veranos cortos y febriles. Su geografía era un reflejo de su carácter: dura, inflexible y resistente. Las montañas no solo proporcionaban una barrera defensiva natural, sino que también eran la fuente de su mayor riqueza: el hierro, el carbón y la piedra.
Estos recursos habían convertido a Urkesh en una potencia eminentemente terrestre, cuyos ingenieros eran maestros en la construcción de fortalezas inexpugnables y cuya metalurgia producía las armaduras y espadas de mejor calidad del continente.
1.2.1. Geografía y sociedad feudal
La sociedad de Urkesh era rígidamente jerárquica y patriarcal, estructurada en torno a un sistema feudal que había permanecido prácticamente inalterado durante siglos. En la cúspide se encontraba el Rey de Urkesh, un monarca absoluto cuyo linaje, según las leyendas, se remontaba a los Primeros Hombres que habían domado las montañas. Su poder no era meramente político, sino también espiritual. Se le consideraba el guardián de las tradiciones ancestrales, las “Leyes de la Montaña”, un código no escrito de honor, deber y lealtad que regía todos los aspectos de la vida.
Debajo del rey se encontraban los Grandes Señores, nobles que gobernaban vastos feudos desde castillos de granito que se aferraban a las laderas de las montañas como nidos de águilas. Estos señores proporcionaban al rey levas de soldados a cambio del derecho a administrar justicia y recaudar impuestos en sus tierras.
La vida del campesino urkeshiano era dura. Trabajaban pequeñas parcelas de tierra a menudo difíciles de cultivar, luchando contra el suelo rocoso y el clima inclemente. Sin embargo, esta lucha constante había forjado en ellos una tenacidad y una resistencia legendarias. Eran un pueblo de pocas palabras, desconfiado de los extraños y ferozmente leal a su señor y a su rey. El honor de la familia y el clan lo era todo, y las afrentas, por pequeñas que fueran, se recordaban durante generaciones.
1.2.2. Cultura, tradición y religión animista
La cultura de Urkesh era un reflejo de su entorno. Valoraban la fuerza, la resistencia y el pragmatismo por encima de todo. Las artes eran funcionales: la poesía cantaba las hazañas de grandes guerreros, la música de las gaitas y los tambores marcaba el paso de los ejércitos, y la escultura se manifestaba en las runas y los glifos severos que adornaban sus armas y fortalezas.
Despreciaban lo que consideraban la decadencia y la frivolidad de las culturas del sur. Para un noble de Urkesh, la idea de un mercader de Altavent amasando una fortuna mayor que la suya sin haber empuñado una espada en su vida era no solo incomprensible, sino profundamente ofensiva.
Su religión era animista y estaba profundamente ligada a la tierra. Veneraban a los espíritus de las montañas, los bosques y los ríos. Cada pico, cada cueva profunda, cada manantial tenía su propio guardián espiritual. Sus sacerdotes, conocidos como los “Hablantes de la Piedra”, no oficiaban en templos, sino en círculos de menhires antiguos, donde interpretaban los presagios en el viento, las nubes y el vuelo de los cuervos. Esta profunda conexión con su tierra era la fuente de su mayor fortaleza: luchaban no solo por un rey, sino por cada roca y cada árbol de su patria.
1.2.3. Poder militar: la infantería pesada y las fortalezas de montaña
El ejército de Urkesh era el más temido del continente en tierra firme. No dependían de la caballería, poco práctica en su terreno montañoso, sino de su infantería pesada. Los legionarios de Urkesh, protegidos por cotas de malla y grandes escudos de madera reforzada con hierro, formaban un muro de lanzas casi impenetrable. Eran maestros de la guerra defensiva y los asedios, capaces de resistir durante años en sus fortalezas de montaña, desgastando a sus enemigos con paciencia y una disciplina de hierro.
Su lema no oficial, grabado en muchas de sus armas, resumía su filosofía: “La roca se rompe, la montaña permanece”. Esta tenacidad, combinada con su desdén por las potencias comerciales y su arraigado tradicionalismo, convertía a Urkesh en el ancla conservadora del continente, un gigante poderoso y predecible, pero inamovible en sus convicciones.
1.3. Shurima y Eleia: los reinos del mar
Al sur de las montañas de Urkesh, donde la tierra se suavizaba y el clima se volvía más benigno, la vida miraba hacia el mar. Las costas del sur y del oeste estaban dominadas por dos potencias marítimas, Shurima y Eleia, cuya rivalidad era tan antigua como las corrientes que surcaban sus barcos. Aunque ambos eran reinos de navegantes, su carácter y sus ambiciones eran profundamente diferentes.
1.3.1. Shurima: el sueño imperial
Shurima, situada en la costa sur, era una tierra bendecida por el sol. Sus llanuras fértiles producían vino, aceite y grano en abundancia, pero la verdadera vocación de Shurima era el mar. Sus costas, salpicadas de profundos puertos naturales, eran un hervidero de actividad. Astilleros bulliciosos trabajaban día y noche, construyendo no solo barcos mercantes, sino también una flota de guerra cada vez más formidable.
1.3.1.1. Sociedad expansionista y flota de guerra
La sociedad shurimea era dinámica y expansionista. A diferencia de la rígida estructura de Urkesh, en Shurima existía una mayor movilidad social. Un capitán de barco habilidoso o un mercader audaz podían amasar una gran fortuna y ganar influencia en la corte. El Rey de Shurima, aunque era un monarca hereditario, gobernaba con el apoyo de una poderosa aristocracia naval y una clase mercantil adinerada.
Esta élite compartía una visión común: el destino de Shurima era dominar no solo las olas, sino también las tierras que estas bañaban. Soñaban con un imperio que se extendiera por todo el Este, unificando a los pueblos dispares bajo su estandarte dorado.
1.3.1.2. La cultura de la gloria y el derecho divino
La cultura shurimea era orgullosa, a menudo arrogante. Se consideraban a sí mismos el pináculo de la civilización. Su arquitectura era grandiosa, con palacios de mármol blanco y estatuas colosales de sus reyes y héroes navales. Las artes florecían bajo el mecenazgo de los nobles ricos, y sus filósofos y poetas escribían sobre la gloria, el destino y el derecho divino de Shurima a gobernar.
El poder de Shurima residía en su flota. Sus buques de guerra, los “dromones”, eran más grandes, rápidos y mejor armados que los de cualquier otra nación. Estaban equipados con catapultas y “fuego shurimeo”, una sustancia incendiaria que podía arder sobre el agua, sembrando el pánico en las flotas enemigas. Además de su armada, Shurima también poseía un ejército de tierra profesional y bien equipado, compuesto por legionarios disciplinados y una caballería eficaz, diseñado para proyectar su poder más allá de sus costas. Su estrategia era agresiva: buscaban batallas decisivas y conquistas rápidas, utilizando su poder naval para desembarcar tropas donde el enemigo menos lo esperaba.
1.3.2. Eleia: la red de comerciantes
En la costa oeste, resguardada de las ambiciones directas de Shurima por una serie de cabos y bahías, se encontraba el Reino de Eleia. Si Shurima era la espada del mar, Eleia era la red. Era un reino más pequeño y menos ostentoso, cuyo poder no se basaba en la conquista, sino en el control del comercio.
1.3.2.1. Pragmatismo, diplomacia y control de rutas
La sociedad de Eleia era notablemente más igualitaria que la de sus vecinos. Su rey gobernaba como un “primero entre iguales”, aconsejado por un Gran Consejo compuesto por los capitanes de barco más respetados, los jefes de los gremios de mercaderes y los ancianos de las principales ciudades portuarias. El pragmatismo era la virtud suprema en Eleia. No les interesaba la gloria imperial; les interesaba el beneficio. Su lema podría haber sido: “¿Por qué conquistar un puerto cuando puedes comerciar con él?”.
Su cultura era cosmopolita y abierta. Sus ciudades portuarias eran un crisol de pueblos y lenguas. En sus mercados se podían encontrar sedas de Jonia, acero de Urkesh y especias de tierras lejanas. Los eleios eran conocidos por ser negociadores astutos, diplomáticos hábiles y navegantes sin parangón. Conocían cada corriente, cada arrecife y cada patrón de viento del Mar del Este.
1.3.2.2. La inteligencia comercial como arma
El poder militar de Eleia era puramente defensivo. Su flota estaba compuesta por barcos más pequeños y maniobrables que los de Shurima, diseñados para proteger sus rutas comerciales y hostigar a enemigos más grandes con tácticas de guerrilla naval. Sin embargo, su verdadera arma era su red de inteligencia y su influencia económica.
Los mercaderes de Eleia tenían puestos comerciales y agentes en cada ciudad importante del continente. Sabían quién estaba en deuda con quién, qué señor estaba descontento con su rey y qué cosecha había fracasado. Utilizaban esta información para forjar alianzas, mediar en disputas (siempre a cambio de una ventaja comercial) y mantener un delicado equilibrio de poder que les permitiera prosperar. Eran los grandes equilibristas del continente, y su supervivencia dependía de que ninguna potencia se volviera lo suficientemente fuerte como para prescindir de ellos.
1.4. Jonia: la región alta de la isla de Shurima
Jonia constituye la mitad septentrional de la gran isla de Shurima, formando con ella una unidad geográfica indivisible. Aunque ambas regiones comparten un mismo territorio insular, sus poblaciones desarrollaron culturas divergentes a lo largo de los siglos debido a factores ambientales, históricos y espirituales.
La parte norte, Jonia, está dominada por sierras boscosas, valles encajonados, bosques húmedos y altiplanos cubiertos de templos y aldeas que parecen suspendidas entre la montaña y la bruma. Esta geografía abrupta y menos accesible contribuyó a que Jonia se desarrollara como una sociedad introspectiva, austera y profundamente espiritual, muy distinta del dinamismo mercantil y expansionista del sur shurimeo.
1.4.1. Sociedad y espiritualidad: los consejos de ancianos
La sociedad jonia está organizada en torno a comunidades autónomas, gobernadas por consejos de ancianos y maestros. Sus asambleas, largas y deliberativas, reflejan su búsqueda del equilibrio. Para los jonios, la armonía entre el espíritu y la materia es el fundamento de toda vida ordenada.
No existe un monarca ni una clase dirigente centralizada: Jonia es una red de pequeñas autoridades locales que cooperan únicamente en asuntos mayores, y siempre tras alcanzar consenso.
Su espiritualidad impregna todos los aspectos de la vida. La caligrafía, la jardinería, la música meditativa y la espada ceremonial no se conciben como artes útiles, sino como caminos hacia la comprensión interior. Estos principios dieron origen a una tradición marcial única: los monjes-espadachines jonios, capaces de movimientos tan precisos que parecían coreografías rituales.
1.4.2. Economía de autosuficiencia y rechazo al comercio masivo
Aunque Jonia comercia con el continente, lo hace con desgana. Para los jonios, el interés comercial excesivo es señal de desequilibrio interior. Sus bienes principales —maderas duras, tintes, hierbas medicinales y artesanías finas— son codiciados por Shurima y Altavent. Aun así, Jonia limita estrictamente su producción para evitar la explotación excesiva del entorno, al que consideran sagrado.
1.4.3. Relación con Shurima: tensión entre aislamiento y codicia
A pesar de formar parte de la misma isla, la relación entre Jonia y Shurima es compleja. Shurima mira al norte con una mezcla de orgullo y frustración: Jonia es rica en recursos y mano de obra hábil, pero sus gentes se resisten a la centralización y a la disciplina marítima o militar del sur.
Las tensiones históricas entre ambas regiones derivan de su distinta visión del mundo. Donde Shurima persigue la gloria, la expansión y la supremacía naval, Jonia prefiere la introspección, el equilibrio y la preservación de la tradición.
Su aislamiento deriva de: - Su geografía montañosa y de difícil tránsito. - Su desconfianza hacia la política imperial. - Su rechazo a las rutas comerciales masivas. - Su preferencia por la autosuficiencia local.
Este aislamiento voluntario explica por qué Jonia se convirtió en un objetivo tentador para conquistadores y comerciantes, a pesar de estar físicamente unida al sur shurimeo.
1.5. La República de Altavent: la ciudad del oro
La República de Altavent, antes de que el continente se viera sacudido por la Conspiración de los Mercaderes, era un organismo vivo hecho de piedra, agua y oro. Dentro de sus muros laberínticos, construidos sobre una laguna que a simple vista parecía querer tragarse la ciudad entera en cualquier marea alta, ardía un fuego político que llevaba siglos alimentándose de rivalidades, pactos, intrigas y ambiciones que rara vez se debilitaban.
Altavent no era un reino, ni una simple ciudad-estado comercial: era un ecosistema de poder perfectamente equilibrado entre las antiguas familias mercantiles, los gremios, los banqueros y un complejo entramado constitucional que había evolucionado a lo largo de generaciones para resistir cualquier intento de tiranía o concentración excesiva del poder. Allí donde en Urkesh la ley emanaba de la montaña y en Shurima de la espada y del mar, en Altavent la autoridad emanaba del libro mayor, de los contratos, del prestigio comercial y de la memoria larga de sus ciudadanos, que valoraban más la continuidad que la gloria.
1.5.1. Orígenes lagunares y evolución constitucional
Los orígenes de Altavent se remontaban a un conjunto de comunidades pesqueras y portuarias que habían aprovechado los canales naturales de la laguna para comerciar con las caravanas sureñas. Con el tiempo, esos asentamientos comenzaron a unirse para defender mejor su posición estratégica y proteger sus rutas marítimas del constante acoso de piratas y señores feudales del interior.
Los canales se ampliaron, las islas se reforzaron con cimientos de piedra, y las primeras familias de comerciantes empezaron a acumular riquezas inimaginables en un mundo fragmentado y desgarrado por la guerra. A diferencia de otras naciones, cuyos gobernantes se perpetuaban por linaje, el poder en Altavent fue desde muy temprano una balanza en mano de los capitales privados: nadie mandaba por derecho divino, sino por la magnitud de su gremio, la solidez de sus contratos y la capacidad para mantener la estabilidad en la red de alianzas que sostenía toda la ciudad.
Esta concepción del gobierno se basaba en un principio fundamental que los ciudadanos de Thalasea —la capital— repetían casi como un credo: “Quien gobierna Altavent gobierna sobre sí mismo antes que sobre otros”. Y es que en la República, incluso el más alto Síndic temía la presión de los gremios y la vigilancia constante de los demás poderes de la ciudad.
La constitución de Altavent —un corpus de leyes, decretos, precedentes y costumbres acumulados durante siglos— era menos un documento escrito y más un tejido vivo que se adaptaba al ritmo de los tiempos. Para los altaventinos, la estabilidad de sus instituciones era tan indispensable como las murallas que protegían sus canales de las subidas repentinas del mar.
1.5.2. El Gran Consejo, los gremios y el Síndic
La estructura básica de poder descansaba en el Gran Consejo de Altavent, compuesto por los patriarcas y matriarcas de las familias mercantiles más antiguas, así como los maestros de los gremios más influyentes. El acceso al Gran Consejo no era un derecho heredado automáticamente; aunque las familias tradicionales tenían ventaja, cualquier linaje que lograra suficiente riqueza, prestigio comercial y reconocimiento gremial podía aspirar a un asiento. Sin embargo, esa movilidad, aunque posible, era extraordinariamente difícil, pues la élite mercantil defendía de forma celosa sus espacios de poder.
Por encima del Gran Consejo se erigía la figura del Síndic de Altavent, un magistrado elegido cada cinco años entre los miembros del Consejo pero con límites estrictos a su autoridad. El Síndic no podía acumular riquezas durante su mandato que no fueran previamente declaradas, no podía tomar decisiones sin consultarlo con el Consejo y no podía mantener una guardia personal que excediera ciertos rangos establecidos para evitar la tentación de convertirse en un tirano. Su casa, aunque espléndida, era propiedad de la República; su escolta, financiada por los gremios; su autoridad, vigilada por cada uno de los consejeros.
1.5.3. Vida política, familias mercantiles y tensiones internas
La vida política en Altavent no giraba únicamente en torno a los Síndics. Sus familias mercantiles formaban un mosaico de alianzas, rivalidades y tradiciones, cada una con sus propios símbolos, patronos y redes comerciales. Entre las más poderosas se encontraban los Vorandel, dueños de una flota de barcos medianos que controlaban el comercio con las Marcas del Norte; los Belessaro, célebres por financiar expediciones hacia Jonia; los Mendaril, que monopolizaban el negocio de la sal en la región; y los Ravuesso, una familia antigua que había sido la responsable de diseñar el sistema de drenaje de la laguna.
La constitución altaventina dividía a la población en tres grandes categorías políticas: los ciudadanos plenos, que participaban directa o indirectamente en las decisiones de los gremios; los residentes, que vivían en la ciudad pero no tenían acceso al voto; y los extranjeros, que aunque podían comerciar libremente, debían someterse a una serie de impuestos y condiciones.
1.5.4. Texto íntegro de la Constitución Fundamental de la República de Altavent
La Constitución Fundamental de Altavent, promulgada en Thalasea a orillas de la Laguna bajo el Estandarte Azul y Oro, constituye uno de los documentos fundacionales más importantes de la historia sianesa. Su texto completo se reproduce a continuación:
CONSTITUCIÓN FUNDAMENTAL DE LA REPÚBLICA DE ALTAVENT
Promulgada en Thalasea, capital perpetua, a orillas de la Laguna, bajo el Estandarte Azul y Oro, por autoridad del Gran Consejo, de los Gremios y del Síndic elegido en forma.
Preámbulo solemne
Nosotros, los ciudadanos plenos de Altavent, nacidos al rumor del remo y a la disciplina del libro mayor; nosotros, los Maestres de los Gremios, cuya pericia da de comer a la ciudad; nosotros, las Casas que alzan pilastras sobre barro y hacen de la laguna un palacio; nosotros, los escribanos de la contabilidad pública, que igualamos la pluma al remo y la cifra a la vela, juramos conservar el orden que nos ha salvado del ímpetu de los reinos de tierra firme.
Así declaramos que el poder en Altavent no reside en una espada ni en una cuna, sino en un equilibrio que obliga a las voluntades a negociar, a las fortunas a transparentarse y a los oficios a honrar su regla. Para memoria perpetua y amparo contra el exceso, aquí establecemos la Ley Fundamental de la República de Altavent, que nadie podrá derogar sino con las mismas cautelas con que se cimenta una isla en el agua: pilotando lo viejo sin romperlo, sumando lo nuevo sin hundirse y jurando siempre lealtad a la Laguna, que como madre nos alimenta y como juez nos corrige.
Título I — De la República, su nombre, su capital y sus emblemas
Artículo 1. De la forma y del nombre. La República de Altavent es Estado libre y no sujeto a vasallaje, compuesto por las islas, islotes, bancos de limo y puertos que forman la Laguna de Altavent y por los fondeaderos, atarazanas, depósitos, contadurías y fondacos que en puertos de fuera le han sido concedidos por contrato; siendo su nombre, en todos los instrumentos, "República y Ciudad de Altavent, con sede en Thalasea", y en abreviatura "Altavent República".
Artículo 2. De la capital perpetua. Thalasea es capital perpetua; no se mudará su estatus ni podrá el Gran Consejo sesionar fuera de ella sino por causa de peste, inundación o asedio mayor, declarada por dos tercios de los Maestres presentes y asentado por escrito el término de retorno.
Artículo 3. De los emblemas solemnes. Son emblemas de la República: el Estandarte Azul y Oro, la Foca de la Laguna como sello mayor y el Libro Mayor como símbolo de gobierno.
Título II — De los ciudadanos, residentes y extranjeros
Artículo 4. Ciudadanía plena y su prueba. Son ciudadanos plenos quienes nacieron de madre o padre ciudadano pleno y fueron inscritos antes de cumplir su primer año en el Registro de Orígenes de su gremio o, a falta de gremio, en la Oficina de Vecindad del distrito. También lo serán quienes, siendo residentes, hayan servido diez años un mismo gremio con conducta limpia, aprobado examen de habilidad, presentado fiadores y obtenido voto favorable de dos tercios del Consulado del gremio.
Artículo 5. De los residentes y su amparo. Son residentes quienes moran en Thalasea o en sus islas por cinco años continuados y trabajan con licencia de gremio, sin alcanzar la ciudadanía.
Artículo 6. De los extranjeros y sus licencias. Comerciante o artesano de fuera será considerado extranjero, aunque habite largo tiempo, si no se acoge a gremio reconocido. Podrá comerciar por licencia temporal, sujeta a tasa, y únicamente a través de casas locales habilitadas como apoderadas.
Título III — De los Gremios, su naturaleza y su vínculo con la República
Artículo 7. Reconocimiento y jerarquía. Los Gremios son cuerpos públicos de raíz privada, pilares de la República y guardianes de su ciencia. Se reconocerán como mayores: Banqueros, Contadores, Escribas, Armadores, Carpinteros Navales, Barqueros y Pilotines, Salineros, Alquimistas, Maestros de Almacén y Medidores, Tejedores de Lona y Cordeleros; y como menores todos los demás oficios.
Artículo 8. Autogobierno y disciplina. Cada Gremio tendrá Consulado de Maestres, elegido por bienios entre sus veteranos, con potestad para fijar reglas de aprendizaje, estándares de calidad, tablas de salarios y precios de referencia, y para amonestar, multar o suspender a sus miembros.
Artículo 9. Puente con el Estado. Cada Gremio enviará Maestres al Gran Consejo; el número se fijará cada década, conforme a censo de miembros, recaudación y servicios prestados a la República.
Artículo 10. Responsabilidad solidaria. Los Gremios serán responsables solidariamente de sus miembros ante la República por daños causados por dolo o negligencia en obras y suministros públicos.
Título IV — Del Gran Consejo, su composición, competencias y sesiones
Artículo 11. De su asiento y dignidad. El Gran Consejo es la suprema autoridad de deliberación y de ley. Lo componen las Cien Casas Antiguas con asiento condicionado a solvencia y conducta, los Maestres de Gremios conforme a cuota vigente, cinco Magistrados del Libro Mayor y el Síndic, con voz y sin voto.
Artículo 12. De su jurisdicción material. Compete al Gran Consejo: promulgar leyes; designar y deponer al Síndic; aprobar los presupuestos del Estado; abrir o cerrar los libros de deuda pública; conceder o revocar licencias generales de comercio con reinos extraños; declarar el Estado de Necesidad Mercantil; autorizar la leva extraordinaria de Milicia Lagunar.
Artículo 13. De la sesión y su forma. El Consejo se reunirá en Ordinario al comenzar cada año comercial y en Extraordinario cuando lo solicite el Síndic, una tercera parte de los Maestres o la mitad de las Cien Casas.
Artículo 14. De las mayorías y del veto. Las leyes se aprueban por mayoría simple de presentes; las que toquen impuestos, deuda, aguas y tratados por dos tercios; y la reforma constitucional por tres cuartas partes, con ratificación gremial mayoritaria.
Artículo 15. De la publicidad y de la reserva. Los debates serán públicos salvo cuando el Consejo declare reserva por asuntos de espías, enfermedad o negociación delicada.
Título V — Del Síndic de la República: elección, potestades y límites
Artículo 16. De la elección. El Síndic será elegido cada cinco años por el Gran Consejo, mediante triple escrutinio secreto: candidatura abierta con exclusión de los que hayan ejercido mando militar, prueba de solvencia con auditoría pública de sus libros y juramento previo de renuncia a ganancias indebidas durante el mandato.
Artículo 17. Juramento y dote pública. Antes de tomar posesión, el Síndic jurará en la Sala del Mármol Azul: "No haré a Altavent mía casa, sino me haré yo casa de Altavent; no tomaré más oro del que se me asigne; no torceré el Libro Mayor ni dejaré que se tuerza; si miento, caiga sobre mí la marea".
Artículo 18. De sus potestades. Corresponde al Síndic: representar a la República en todo acto; firmar, por mandato del Consejo, tratados y convenios; presidir sin voto las sesiones del Consejo; enviar y recibir embajadas; designar, con acuerdo del Consejo, a los Comisarios de Puertos y de Aguas.
Artículo 19. Límites severos y guardia. Queda prohibido al Síndic modificar tasas o impuestos, contraer deuda pública, conceder monopolios, intervenir en disciplina gremial o licitar para sí o para terceros. Su guardia personal no excederá de treinta hombres.
Artículo 20. De la responsabilidad. El Síndic responderá en juicio político ante el Gran Consejo por traición, cohecho, omisión en caso de peste o inundación, y por quebranto consciente del equilibrio entre las fuerzas de la ciudad.
Título VI — De la Justicia, su orden y sus jueces
Artículo 21. Tribunal del Libro Mayor. Serán cinco Magistrados, elegidos por el Gran Consejo de ternas propuestas por Banqueros, Contadores y Escribas. Actuarán como auditores supremos, guardianes del método y de la cifra.
Artículo 22. Tribunal Mercantil. Conocerá de fletes, fallas, seguros, naufragios, préstamos a la gruesa, quiebras y letras de cambio. Sus jueces serán tres, uno de Banqueros, uno de Armadores y uno de Contadores.
Artículo 23. Tribunal Civil. Juzgará de sucesiones, contratos privados, daños y servidumbres, y conocerá de los contenciosos entre Gremios y sus miembros.
Artículo 24. Tribunal Disciplinario de Gremios. Conocerá de faltas de Maestres y aprendices, de corrupción en examen de pericia y de cohecho en obra pública.
Artículo 25. Tribunal de Aguas y Canales. Guardián del flujo y del limo, conocerá de dragas, esclusas, diques, puentes, islas artificiales, alineaciones de muelle y derivas dañinas.
Título VII — De las finanzas públicas, deuda y contabilidad
Artículo 26. Ingresos y su pureza. Los ingresos ordinarios de la República son: aranceles de entrada y salida, tasas de tránsito de canal, censo de uso de muelle, gravámenes sobre mercancías estratégicas y segundas ventas en fondacos.
Artículo 27. Libros duplicados y custodia. Habrá Libro Mayor, Libro de Caja y Libro de Deuda, en doble juego: uno en Casa de Fondos Públicos, otro en Cámara de Arcas del Libro Mayor.
Artículo 28. Deuda pública y prudencia. La República no contraerá deuda sin ley que detalle propósito, tope y calendario de redención.
Artículo 29. Del tesoro de reserva. Habrá tesoro de reserva para peste, inundación y asedio, guardado en cajas con tres llaves distintas: del Síndic, del Primer Magistrado del Libro Mayor y del Maestre de Banqueros.
Título VIII — De la defensa lagunar y del orden público
Artículo 30. Milicia Lagunar. La defensa se encarga a la Milicia Lagunar, compuesta por rotación de Barqueros, Pilotines y Carpinteros Navales.
Artículo 31. Embargo y requisa en emergencia. Declarada inundación, peste o asedio, el Consejo podrá requisar embarcaciones con justa compensación.
Artículo 32. Orden público y licencias. Toda procesión cívica o gremial llevará autorización de la Prefectura de Canales. Queda prohibido portar armas cortas o largas fuera de la guardia.
Título IX — De la Laguna como bien común y como persona sujeta a tutela
Artículo 33. De su personalidad tutelada. La Laguna, sin ser persona como un hombre, tendrá tutela en los términos de esta Constitución. Ningún beneficio privado prevalecerá sobre su salud.
Artículo 34. Reglas de dragado y vertido. No verterá nadie sustancias de corrupción en canal; los Alquimistas certificarán sustancias inocuas o dañinas.
Artículo 35. De las islas artificiales y pilastras. Nadie ganará terreno a la Laguna sin licencia; toda isla artificial llevará estacada y pilotes de longitud certificada.
Título X — Del Libro Mayor y de la escritura pública
Artículo 36. Del método contable y su autoridad. El método de partida doble es ley de la República. No será válido contrato de cuantía mayor a la décima parte de la dote pública del Síndic si no consta en escritura ante Escriba jurado.
Artículo 37. De los Escribas jurados. Los Escribas se darán por examen ante Contadores y Escribas: deberán escribir claro, sumar con limpieza, conocer fletes y seguros, y declarar parentescos hasta cuarto grado con las partes.
Artículo 38. Custodia y acceso. Los libros de la República, salvo reserva, serán públicos en sala de lectura.
Título XI — Del Ceremonial del Estado, juramentos y fiestas cívicas
Artículo 39. Ceremonial de apertura del año comercial. En la mañana del primer día de la estación benigna, el Síndic, escoltado por Maestres de Barqueros, cruzará el Gran Canal en nave ceremonial, portando el Libro Mayor con cubierta de cuero simple.
Artículo 40. Juramentos y dotes. Toda persona que asuma oficio mayor jurará ante Consejo y Gremio su lealtad a la Ley Fundamental.
Artículo 41. Fiestas cívicas. Habrá tres fiestas: de Apertura de Canales, de los Gremios y de la Laguna.
Título XII — Del Estado de Necesidad Mercantil y su disciplina
Artículo 42. Declaración y límites. El Estado de Necesidad Mercantil podrá declararse por dos tercios del Gran Consejo cuando peligren las rutas, sobrevenga peste o la Laguna amenace ruina.
Artículo 43. Revisión y memoria. Cesado el estado, el Libro Mayor levantará memoria de las medidas, su costo y sus frutos.
Título XIII — De los expatriados, su derecho y retorno
Artículo 44. Expatriados por comercio o por seguridad. Quien parta por comercio a puertos de fuera, y quien por seguridad de la República sea apartado, conservará derechos limitados.
Artículo 45. Casas de Fondaco en puertos extraños. Las casas de fondaco gozan de privilegio de extraterritorialidad limitada: se regirán por el Libro Mayor para contabilidad y por el Tribunal Mercantil para sus contiendas internas.
Título XIV — De las reformas de la Ley Fundamental
Artículo 46. Doble candado. La reforma de esta Constitución exigirá: tres cuartas partes del Gran Consejo, ratificación por la mitad más uno de los Gremios mayores y promulgación por el Síndic en ceremonia pública.
Artículo 47. De la conservación de usos. Si ley nueva quebranta uso necesario que no se nombró, prevalecerá el uso si fuere más seguro para la estabilidad.
Disposiciones finales y transitorias
Primera. Se derogan ordenanzas que contradigan esta Constitución; se mantienen las que la complementen. Segunda. Los juicios en curso seguirán por su ley antigua si ya recibieron prueba. Tercera. Esta Ley Fundamental entra en vigor desde su lectura pública en el Puente Central.
Fórmula de promulgación
Sea publicada esta Constitución en plazas, puentes, muelles y mercados; léase en la Casa de Fondos Públicos y en cada Consulado; cuélguese en lámina de bronce en la Sala del Mármol Azul; y celébrese que Altavent no descansa sobre una espada, sino sobre muchos remos que reman en un mismo sentido.